Crónica de dos llantas robadas

El viernes pasado inicié un viaje con mi familia ¡Estos son los días que me gustan! Caminar mucho y hacer cosas interesantes en otra ciudad.

En los primeros días de mi viaje soy testigo del tesoro de conocimiento en la biblioteca palafoxiana, lo amigable que es para el peatón el Centro de la Ciudad de Puebla y del sincretismo en el templo de Santa María Tonantzintla. 

Hoy toca visitar el Parque Paseo de los Gigantes, una atracción turística con maquetas al aire libre. El predio es compartido con la Fonoteca de Puebla y una Unidad Deportiva, sobriamente enmarcados por una reja de metal.

Las miniaturas son de lugares notables de México y EEUU, por ejemplo: El Palacio de Bellas Artes, el Fuerte de Loreto, La Casa Blanca y El Capitolio

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Desde la miniatura del escenario de la revuelta del seis de enero se ve mi auto estacionado. Mi vista pasea por la maqueta y recuerdo las imagenes de los noticieros de lo ocurrido en, el Capitolio ¡Era un caos total! No había ley ese día. 

Mientras estoy ahí no puedo evitar tener una sensación de peligro, como si debiera de quitarme de ahí. 

¡Nos rompieron el vidrio! – exclama mi esposa – Atónito me acerco a la reja que me separa del auto y veo que ¡Faltan las dos llantas de ese lado!

¡Ahí están los ladrones! – escucho gritar a la abuela de mis hijos – Mi atención pasa de las masas vacías del Jeep a una Ford Explorer 2005 en color negro que  deja el cajón de estacionamiento al lado de mi automóvil

¡TU! ¡ALTO! – grito usando mi voz más profunda mientras le apunto con mi termo de metal al individuo de cabello corto y piel morena que apresuradamente sube al auto en movimiento.

Mis ojos se clavan en los suyos. 

¡Párate! Grito otra vez y mi mano choca contra la reja  que me separa de él. 

La camioneta bufa y huye por la avenida. Arranco tras de ella corriendo por dentro del parque. 

Sin quitarle la vista a mi objetivo corro mientras a todo pulmón pido ayuda. El llanto de mi pequeña queda atrás ¡Me hierve la sangre!

En el límite del parque, encuentro el acceso que lleva a la calle y que conecta a la unidad deportiva con la atracción turística que visitamos.

En la calle veo el vehículo negro al final de la cuadra, espera su turno para tomar el corte que la banqueta tiene para ingresar al Boulevard.

Mis piernas tienen alas de adrenalina. Reduzco la distancia. Aprieto el cilindro de metal en mi mano.La camioneta presiona a los autos que le estorban 

¡Parenlos! ¡Me robaron! – Continúo gritando 

Veo la placa ¡Falta menos!

El último auto frente a la camioneta sede a la presion del gigante negro y este se apretuja para escapar por el boulevard que conduce a la carretera México – Puebla.

Con un alarido que muta en una maldición, lo veo alejarse y me resigno al resultado de mi persecución.

Troto de vuelta sobre mis pasos, en mi cabeza siento un enjambre de ideas y confusión que pugnan por convertirse en un plan – ¿Te robaron? La voz que interrumpe mi trance viene de uno de los chicos que jugaban básquet en la unidad deportiva, casi todos salieron a la calle. 

Sin parar de caminar lo miro a los ojos pero no logro articular una oración. Quizá dije algo, la verdad es que no lo sé.

Con voluntad propia mis pies desandan los metros, hasta el auto y continuan hasta que encuentro a los policías del parque congregados cerca de la caseta de la Fonoteca. 

Interrumpo su improvisada conferencia. Mi lengua tropieza con la adrenalina en varias ocasiones, hasta que una oración coherente brota de mi boca. Sin dejar de mostrarme sus uniformadas espaldas, tuercen sus cuellos y sus ojos trazan líneas en mi dirección.

El menos pusilánime del grupo me despacha rápidamente sin sostener más de unos momentos su mirada en mis ojos.

La sentencia es rápida y tajante, lo que sucede afuera de la reja del parque no es su asunto.

Las siguientes horas son una mezcla de momentos amargos pero también de otros que reivindican al Humano. Topé con gente que caminó la milla extra para ayudarnos pero también con instituciones vomitadas por Kafka.

Hasta aquí llega la crónica de las dos llantas robadas; ahora me toca vivir la odisea para reparar el Jeep y manejar 800 Km a casa ¡Se acabó la vacación!

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